martes, 11 de marzo de 2014

La historia del primer DJ de la historia

 

Son buenos tiempos para las pistas de baile. Hay que olvidar lo que pasa en la calle metido en la discoteca. No obstante, un día ya olvidado, hubo un visionario que intentó devolver la sensibilidad a la música a través del primer sintetizador. Es una pena que esa concepción de la Electrónica se haya devaluado y que muchos – no todos – de los DJ´s del siglo XXI sólo piensen en llenar pistas y en sus propios bolsillos ególatras. El primer DJ de la historia jamás pinchó en el Fabrik londinense o en Ibiza. Él solía decir que la música es un jardín del cual yo soy el jardinero.

http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=AAcVfr4sIcM

Toru Takemitsu nace en el Tokio imperial de Hirohito. Es 1930. Siendo un bebé se muda a Manchuria, una región al noreste de China. La ocupación japonesa de la zona abre nuevas vías de negocio que trata de aprovechar su padre. Además de empresario, el cabeza de familia es músico de Shakuhachi, una flauta japonesa. La música tradicional de su país no acaba de entusiasmar al pequeño Toru, que prefiere la otra pasión musical de su padre: el Jazz. Se enamora de este género.
La salud de Takemitsu Senior se debilita y regresa con su hijo a Tokio. Muere en 1938. Toru pasa a vivir con su tíos, ya que su madre se encuentra lejos de la capìtal. Vive su primer día de escuela. Su tía le trata de introducir en la música japonesa. Ella es maestra de Koto, un instrumento tradicional del Japón, originario de China y fabricado con bambú.
El chico se siente desolado por la ausencia de su familia y no le presta mucha atención al artilugio. Prefiere la música occidental. La asociación entre música tradicional y tristeza perdurará para siempre en su cabeza. Toru reconocerá años más tarde que: En esa época los jóvenes teníamos sed de Occidente.
Comienza a estudiar música por su cuenta. Recorre cada día la ciudad sin un centavo. Acude allá donde escucha un piano para pedir que le dejen tocar cinco minutos. Nunca encuentra una negativa. Siendo un adolescente es destinado a la base militar de Saitama, en 1944.
Le deprime tener que escuchar únicamente música tradicional y marchas militares pero no tiene donde elegir. Echa de menos a Messiaen, su gran ídolo musical. Takemitsu busca nuevas sonoridades, nuevas formas de entender el ritmo. La derrota de Japón en la II Guerra Mundial trae consigo la ocupación militar del país a cargo de los americanos.
A pesar de la invasión extranjera le sigue atrayendo la música contemporánea occidental. Durante 1946 se inicia en un coro y empieza a trabajar como Disc-Jockey para la radio del ejército invasor. Cada día pincha discos durante tres horas. Su salario es tocar el piano un rato al terminar la jornada. Toru es una esponja que absorbe cada nota de los discos que escucha en la emisora. Descubre a Mahler, Debussy o a Cesar Franck. Los clásicos europeos le fascinan y cree encontrar la verdadera panacea de la música. Termina por renegar de todo lo japonés.


Se hace amigo del artista Hiroyoshi Suzuki. Ambos exploran formas alternativas de música y entablan amistad con celebridades artísticas de la época. Una vez casado, su esposa le enseña a leer música. Como no tiene dinero para comprarse un instrumento utiliza lápiz y papel.
El músico deber ser oyente antes que músico. Una tarde se encuentra con un teatro de marionetas Bunraku. Queda fascinado con su musicalidad. Empieza a reconciliarse levemente con la cultura músical de su país.
En 1948, tras su experiencia radiófonica, en la que según él aprende todo lo que sé de música, se convierte en discípulo de Yasuji Kiyose, un músico de enorme reputación. Le acompaña su amigo Hiroyoshi Suzuki. En dos años de docencia no aprende absolutamente nada acerca de fundamentos musicales. Se dedica a pasear con su maestro por los jardines de la ciudad mientras debaten sobre literatura y arte. La experiencia le marca profundamente y cambia su percepción de la vida. Se impregna de los jardines japoneses y cree ver en ellos el sentido de la música.
Kiyose pertenece a Shinsakkyoukuha, un grupo de músicos que trabaja en nuevas composiciones musicales. A Toru le empiezan a interesar las innovaciones tecnológicas. Conoce a los virtuosos Fumio Hayasaka y Yoritsune Matsudaira. Su mentor le invita a participar en su colectivo y debuta públicamente, en 1950, con Lento in duo movimiento. La pieza pasa desapercibida.
Takemitsu y Suzuki meditan la posiblidad de utilizar tecnología electrónica para generar nuevos sonidos. Su objetivo es devolver la sensibilidad perdida a la música. En 1951 fundan, en compañía de otros músicos experimentales japoneses, el estudio Jikken Kobo. Pretenden crear ruidos armónicos de manera artificial con el modelo de la Musique Concrete de Pierre Schaeffer.
El instrumento que pretenden utilizar para lograr su propósito es el G-Type. Un artefacto creado por Sony en 1949 que en la práctica podría considerarse el primer sintetizador de la historia. La compañía japonesa contrata a los inseparables Toru e Hiroyoshi para dar utilidad a su ingenio. Su trabajo se convierte en el albor de la música electrónica.


Nace la música electroacústica. Sus experimentos producirán cuatro obras electrónicas a lo largo de los 50 y los 60. Una de estas piezas de coleccionista servirá como banda sonora del film Kaidan, dirigida por Masaki Kobayashi.
Aplica lo aprendido con el G-Type al cine. Comienza su carrera de compositor de bandas sonoras con Crazed Fruit de Ko Nakahira, en 1956. Una nueva película necesita un nuevo color sonoro y eso tiene que ver con usar sonidos de la película en las canciones, así como que los sonidos musicales formen parte de la película. Con esa premisa de fusionar cine y música compondrá, a lo largo de los años, casi 100 obras.
Un año más tarde de su incursión en el cine graba Requiem for Strings. La suerte le acompaña cuando Igor Stravinsky se topa con su obra. El genial compositor ruso escucha por primera vez a Takemitsu por error en una reunión de amigos. La cara B de una cinta sobre vanguardia japonesa le descubre un nuevo mundo a Stravinsky, que cae fascinado ante la pieza que está escuchando. Se empieza a hablar en Occidente del talento de un joven compositor japonés que nadie conoce.
A finales de los cincuenta, su carrera en el cine despega con la banda sonora de José Torres, el corto debut de un amigo suyo, Hiroshi Teshigahara. En 1964 vuelven a coincidir en una de las obras maestras de Toru Takemitsu; la banda sonora de Woman in the dunes. La película es considerada de culto hoy en día, aunque eso ya no diga tanto de un film como antes. Tres años más tarde compone November Steps, una pieza pionera en la fusión entre Oriente y Occidente. En ella colma su obsesión por unir ambos mundos. Su repercusión es tan universal que la Filarmónica de Nueva York la elige para la celebración de su 125 aniversario.
Comienzan a lloverle reconocimientos entre el mundo académico y la élite de la música. Se embarca en multitud de proyectos cinematográficos al mismo tiempo que prosigue su experimentación con los sonidos de Oriente y Occidente. Le fascina el Pop británico y la Chanson francesa. Mezclando canciones de los Beatles y poemas propios surge 12 Songs for guitar, a finales de los 70. Compone Les yeux Clos, una de las mejores obras para piano del siglo XX. Es nombrado miembro honorario de la Academia de artes de la RDA en 1979, de la de Estados Unidos, en 1984, y de la francesa en 1985.
Akira Kurosawa le convence para poner música a Ran. La película es un éxito mundial en 1985 y la partitura es galardonada en los premios de la crítica de Los Ángeles. Su última gran banda sonora es compuesta para Shoei Inamura y su Black Rain de 1989.
Es condecorado por la UNESCO en 1991. Sin intención de jubilarse continúa escribiendo piezas musicales y bandas sonoras además de recopilar premios hasta el día de su muerte, un 20 de febrero de 1996. No hay cifras de cuántas personas acuden a su funeral. No se trata de una estrella, simplemente es un genio que muere en silencio. Tal y como vivió, en medio de un jardín japonés. No obstante, la Opera City de Tokio entrega anualmente un premio con su nombre.
La historia de Toru Takemitsu nos recuerda a aquellos pioneros que trataban de cambiar la realidad a través del arte. Un concepto muerto por el mercantilismo que busca llenar locales y cifras de ventas. La democratización warholiana del arte nos ha apartado, en mayor o menor medida, del virtuosismo de gente como Takemitsu, que lo único que pretendían era convertir a la música en un puente entre Oriente y Occidente, en un nexo entre la naturaleza y el espíritu humano. Ese espíritu que se ha encargado de involucionar su anticuado concepto de música electrónica.

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